Pink Floyd

Imagen extraída de: elindependiente.com

Ecos de un Río Infinito

Para quienes hemos nacido después del 2000 no es muy difícil toparnos con las bandas icónicas del rock. Por un lado, la cultura popular está llena de referencias a los “clásicos”, nuestros padres, algún familiar cercano o un buen amigo habrá crecido escuchando rock y siendo fan de una o varias bandas del género. En tal atmosfera y en mis años de colegio me topé con una de esas banda icónicas, Pink Floyd, y escuché algunos de sus canciones más populares, entre ellas, Time y Money del mítico álbum The Dark Side of the Moon (1973). Su sonido, aunque no me disgustó, tampoco me llamó mucho la atención y, así, dejé que esta banda pasara por mi vida sin pena ni gloria.   

Pasado el tiempo y ya cursando los primeros semestres en la universidad, volví a encontrarme con Pink Floyd. Una caminata realizada al cerro de Sinifaná, en Caldas (Antioquia), lugar lleno de vacas y de mucha lluvia. Muchos lectores, quizá, sepan que, en lugares donde coinciden vacas y lluvia, crecen los hongos del género Psilocybe Cubensis, comestibles y alucinógenos. Acompañado de una de las mejores vistas, con una panorámica hermosa del suroeste antioqueño, de unos cuantos hongos y de la música de Pink Floyd, comenzó un viaje psicodélico. Las sustancias psicodélicas son famosas por sus grandes alteraciones de los sentidos corporales, pero estas alteraciones pasaron a un segundo plano ante el gran efecto introspectivo, ante las alteraciones del espacio y el tiempo y ante una ligera sospecha de haber alcanzado la locura, al mejor estilo de The doors of perception (1954) de A. Huxley.

Pasando por las etapas musicales de Pink Floyd se desarrollaba mi viaje. En un primer momento, por la etapa psicodélica de la banda con álbumes como The Piper at the Gates of Dawn (1967) y Ummagumma (1969), hasta llegar al punto más álgido de la experiencia psicodélica, aquel punto donde se piensa que se ha alcanzado la locura y que ya no hay marcha atrás y se es invadido por un éxtasis casi místico; canciones demasiados sugerentes como Echoes (Meddle, 1971) me llevaron a través de un desierto y me fue posible escuchar el aullido de coyotes. Atom Heart Mother Suite (Atom Heart Mother, 1970) me condujo a través de una batalla bélica que recuerda el cuarto movimiento de la sinfonía No. 9 de Dvorak (The New World) y, así, llegué triunfador a las nubes, como sintiéndome parte de ellas, con la canción Shine On You Crazy Diamond (Wish You Were Here, 1975). Pensaba que era un diamante loco y brillaba con los pétalos desprendidos del sol del mediodía. Mi experiencia psicodélica duró alrededor de 6 horas y Pink Floyd me trajo otra vez a la cordura con los solos de guitarra de David Gilmour, especialmente, en el último trabajo de la banda, The División Bell (1994), y su álbum póstumo, The Endless River (2014)

Desde ese momento descubrí a Pink Floyd y he escuchado toda su discografía con sacralidad ritual, se ha convertido en mi mejor compañía para esos atardeceres solitarios y cargados de melancolía, para esas noches de fin de semana en que se toma un litro de cerveza y se fuma un cigarrillo, para recordar a los buenos amigos y para remembrar aquel viaje de hongos psicodélicos en la montaña mágica de Sinifaná y sus ecos de un río infinito.

Escrito por: Víctor Velásquez
La Ciudad del Sonido / 2021
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